Con algún
género de dudas
FERNANDO LÁZARO CARRETER
|
Fernando
Lázaro Carreter es miembro de la Real Academia Española. |
¿Deben obedecerse las leyes, decretos,
regulaciones y demás rémoras contra el albedrío humano, cuando contienen yerros
idiomáticos reveladores de que, al dictarlas, se ha hecho una higa al
diccionario? ¿No es la ley del idioma la más democrática, como hechura directa
del pueblo, y, por tanto, la más respetable? Parece que no, al menos para la
Comunidad de Madrid, la cual, según reza su Boletín Oficial, deseando poner
orden en los modernos apareamientos, ha dictado una providencia que elimina
barreras jurídicas a las que llama 'parejas de hecho' (puro inglés: de facto
couples).
Y es en tal providencia, de 19 de diciembre
último, donde habla 'de los derechos de los homosexuales y lesbianas'.
No es infrecuente error, pero impensable en el autor del desmán, sin duda
selecto funcionario. Porque la condición de homosexual nada tiene que ver con
el homo 'hombre' latino, sino con el griego homos, que significa
'igual': en efecto, a los homosexuales les gustan las personas de igual sexo. Y
dado que las lesbianas son homosexuales (Safo, en la isla griega de Lesbos,
amaba a las muchachas a quienes enseñaba el arte de la poesía, si es que
Anacreonte no inventó la noticia), se ignora por qué la Ley autonómica las
excluye de la homosexualidad y forma con ellas grupo aparte. Mejor dicho, no se
ignora la causa: es por ignorancia.
Cabe, sin embargo, explicar por qué se
piensa que la homosexualidad alude sólo a la de varones, en correlato
con lesbianismo. Y es que la opción más frecuente hoy para denominar tal
naturaleza en los hombres es la de gay, vocablo que, en contextos
circunspectos como sin duda es la Ley, se trata de evitar. Porque, en efecto,
el término, según define con su acostumbrada exactitud el Nuovo Zingarelli
italiano, gay es el homosexual contento y hasta orgulloso de serlo. No
estamos seguros de que eso ocurra exactamente así en España, pero las
compilaciones de léxico gay, que no escasean en Internet, apoyan esa
nota lexicográfica. Hasta en textos hórridamente cibertraducidos aparece hombre
alegre en lugar de gay. Así que, hablando con cuidado, se prefiere homosexual
a esa última palabra, a costa de fundir sus significados. Además, hay homosexuales
que, tal vez, no sentirían satisfacción al ser nombrados gays.
Es esta la razón, pensamos, de que, además
de la perturbación introducida por el homo latino 'hombre', la Ley
madrileña haya dado ese traspiés, sacando a las lesbianas del recinto de quienes,
en amor, necesitan al mismo sexo. Si ha reservado homosexuales para los
varones que lo son, se debe casi seguro a que ese término ha parecido menos
connotado que gay, más respetuoso.
Es notable, por cierto, la palabra gay;
empezó calificando el arte de los trovadores en lengua provenzal, practicantes
del Gay Saber, aquel monótono y bello modo de cantar a las damas
regulado por las Leys d'amors. Con las formas gai y gaie,
el término calificó y califica en francés todo lo alegre. De este vocablo salió
por los años treinta el gay norteamericano, empleado en las cárceles
para nombrar eufemísticamente a los homosexuales, tanto hombres como mujeres,
aunque estas últimas prefirieron pronto acogerse al de lesbianas. Y con
una inyección semántica de viveza combativa regresó a Francia, a Europa.
Gay indiscutible es quien sale del armario, expresión que se limita
a calcar el inglés americano coming out of the closet. Y armario
designa en los medios gays españoles a quien permanece escondido, sin
atreverse a salir, de quien se dice que es un armario o que va de
armario. Por cierto que un movimiento de ateos yanquis se ha apropiado de
la expresión, y llega a distinguir cinco fases en el proceso evasivo: en la
primera, ni aun la esposa conoce el ánimo del fugitivo; después, la esposa lo
conoce; tras ello, saben de él algunos amigos discretos; seguidamente, no se
hace ningún esfuerzo para ocultarlo; y, por fin, la puerta a hacer gárgaras.
Otro anglicismo ampliamente utilizado en
España referido a ese mundo es el de ambiente, término que, según uno de
los léxicos de ordenador en que me documento, significa 'circuito de locales
frecuentados por gente gay o lesbiana', es decir, bares, hoteles,
discotecas, saunas: todo lugar donde puede haber 'meneo' (sic). El
término ambiente aparece en nuestra lengua desde el siglo XVI, tomado
del latín ambire `rodear´, y hoy designa, entre otras cosas,
'condiciones o circunstancias físicas, sociales, económicas, etcétera, de una
colectividad'. En francés, junto a ambiant se formó el siglo pasado ambiance,
importado en inglés como ambience. Término difícil de hispanizar
americanizándolo a mocosuena (hubiera sido, horror, ambiancia), por lo
que, en nuestra lengua, se cargó ambiente con la acepción vista.
Nada de esto causa perturbación al idioma:
cada comunidad homo o hetero suele necesitar sus propias jergas, que la aísla
de quienes no la entienden o, para seguir en ésta, no entienden y son straights.
Pero hay un neologismo que no pertenece estrictamente al lenguaje de la
homosexualidad, aunque también la engloba. Se trata del desarrollo impetuoso
que, día a día, va adquiriendo el vocablo género para acoger tanto al
varón como a la mujer, incluidas sus distintas orientaciones sexuales. Y
acabo de emplear un anglicismo que se está colando en el idioma sin ninguna
resistencia; orientar es 'dirigir o encaminar', y la mujer y el hombre
no nacen orientados, sino poseedores de una determinada condición, índole o
naturaleza: cualquiera de estas palabras u otras semejantes hubieran debido
elegir quienes, para traducir, macarronizan.
Volviendo a género, en la conferencia
de Pekín de 1995, ciento ochenta gobiernos firmaron un documento donde se
adoptaba el vocablo inglés gender, 'sexo', para combatir la violence
of gender (la ejercida por los hombres sobre las mujeres) y la gender
equality de mujeres y hombres. Y el término se repitió insaciablemente en
los documentos emanados de la masiva reunión convocada en el año 2000 por
Naciones Unidas llamada 'Beijing+5': este + es porque habían pasado cinco años
desde la pequinesa.
Ocurre, sin embargo (Webster), que, 'en
rigor, los nombres en inglés carecen de género' gramatical. Pero muchas lenguas
sí lo poseen, y en la nuestra cuentan con género (masculino o femenino)
sólo las palabras; las personas tienen sexo (varón o hembra). A pesar de
ello, los signatarios hispanohablantes aceptaron devotamente género por sexo
en sus documentos, y, de tales y de otras reuniones internacionales, el término
se ha esparcido como un infundio. Lo señalé hace meses, pero por ahí tenemos
galopando tan aberrante anglicismo; y, a quienes tan justa y briosamente
combaten la violencia contra el sexo, ejerciéndola cada vez más contra el
idioma.